DE LA N-222 A LA N-103 EN BMW K1600 GTL: EL PLACER DE VIAJAR POR PORTUGAL Y EL LAGO DE SANABRIA

DE LA N-222 A LA N-103 EN BMW K1600 GTL: EL PLACER DE VIAJAR POR PORTUGAL Y EL LAGO DE SANABRIA

El pasado viaje a Cabo Norte nos dejó una marca imborrable, de esas que solo se curan proyectando el siguiente horizonte. El 26 de marzo no era una fecha cualquiera; era el día en que nuestra BMW K1600 GTL volvía a cargarse de ilusiones. Esta vez, el objetivo era distinto pero igual de magnético: cruzar la península hacia el oeste, conquistar las curvas infinitas del Duero y perdernos por la raya portuguesa antes de buscar el frescor del norte. Y lo mejor de todo, como siempre, compartir el asiento y la vida con Debora.

A menudo dicen que el destino es lo de menos, que lo que importa es el camino. En este viaje, esa frase dejó de ser un cliché para convertirse en nuestra brújula. No buscábamos coleccionar chinchetas en un mapa, sino coleccionar sensaciones: el aroma a jara de la sierra madrileña, el salitre de Oporto y el rugido sordo de los seis cilindros serpenteando junto a la ribera del Duero.

Esta es la crónica de una ruta diseñada con el corazón y decidida con la cabeza. Un viaje donde las míticas N-222 y N-103 se convirtieron en las verdaderas protagonistas de una historia de asfalto, libertad y una decisión final que nos enseñó que, en la moto, a veces la mayor victoria es saber cuándo es el momento de volver a casa.

Etapa 1: Rumbo al oeste y el sabor de la Sierra de Francia

El despertador en Colmenar del Arroyo no sonó a rutina, sino a libertad. Salimos con el cielo limpio y ese cosquilleo en el estómago que solo comprendemos quienes medimos la vida en kilómetros. Nuestra compañera de viaje, cargada con lo justo para perdernos unos días, aguardaba impaciente; por delante, la promesa de la península abriéndose ante nosotros.

Nuestra primera parada iba a ser un ritual: el Asador Pit Lane en Navaluenga. Sin embargo, el destino nos recordó que en la carretera nada es inmutable; nos encontramos con el cierre echado. Son las pequeñas anécdotas del camino que te obligan a seguir rodando, buscando ese próximo café que sepa a aventura. Al fin y al cabo, el verdadero banquete estaba en el asfalto que nos esperaba por la AV-903 y la AV-905.

Al dejar atrás El Barco de Ávila, el paisaje comenzó a transformarse, volviéndose más sobrio y salvaje. Aunque la silueta de la Peña de Francia recortaba el horizonte invitándonos a subir, decidimos seguir el pulso de la carretera y pasar a sus pies para adentrarnos en el corazón de la Sierra de Francia.

 

El destino nos recompensó en La Alberca. Aparcar la moto en un entorno de piedra, madera y siglos de historia es siempre un placer. Allí, entre sus calles empedradas, encontramos el refugio perfecto para una comida tranquila. No hay nada como el sabor de la sierra para asentar las sensaciones de los primeros kilómetros. Con el cuerpo descansado y el espíritu lleno, retomamos la marcha cruzando Sotoserrano y Riomalo de Abajo. Fue un tramo de puro placer sensorial, donde Debora podía disfrutar de cada cambio de luz en el paisaje mientras rodábamos con fluidez hacia nuestro primer final de etapa.

El sol empezó a caer justo cuando la silueta amurallada de Ciudad Rodrigo apareció ante nosotros. Aparcar, quitarnos el casco y caminar por sus murallas al atardecer fue el cierre perfecto para este primer capítulo. Mañana cruzaremos la raya; mañana nos espera el abrazo eterno del Duero.

Etapa 2: El baile del Duero y la hermandad de la carretera

Dejamos atrás la sobriedad de las murallas de Ciudad Rodrigo con la mirada puesta en la frontera. Cruzar a Portugal siempre tiene algo de rito de paso; el asfalto cambia, los paisajes se vuelven más profundos y el aire empieza a oler a aventura. Nuestra primera sorpresa llegó pronto: Almeida. No estaba en los planes detenerse mucho, pero la magnitud de sus murallas en forma de estrella nos obligó a aminorar la marcha, admirando esa ingeniería militar que parece detenida en el tiempo.

Seguimos rodando hasta Almendra, el punto exacto donde la leyenda cobra vida: el inicio de la N-222.

Fue allí donde el viaje nos regaló uno de esos encuentros que solo ocurren sobre dos ruedas. De casualidad, empezamos a rodar tras la estela de otra moto. Unos kilómetros después, en una parada improvisada, las presentaciones fueron breves pero directas, como manda el código motero. Era Alejandro, un chico de León que, como nosotros, buscaba la esencia del Duero. Desde ese momento, la ruta dejó de ser de dos para ser de tres.

La N-222 no decepciona. Es un trazado que serpentea entre viñedos infinitos que parecen desafiar la gravedad en las laderas de las montañas, con el río Duero como un espejo plateado a nuestra derecha. Sin embargo, la aventura nos tenía reservado un imprevisto: un tramo cortado nos obligó a improvisar. Tras un pequeño desvío, volvimos a encontrarnos con Alejandro y decidimos que, si el camino nos unía de nuevo, era por algo.

Compartimos algo más que curvas. Paramos a comer en un pequeño restaurante local donde el tiempo parecía haberse detenido. Por apenas 10 euros, disfrutamos de un menú auténtico, servido por gente de esa que te sonríe con los ojos y te hace sentir en casa. Fue el combustible perfecto para encarar el último tramo hacia la costa.

Rodamos juntos casi hasta el final, disfrutando del aplomo de la moto en las enlazadas y de la complicidad que nace sin necesidad de palabras. Al llegar a las puertas de Oporto, con el perfil de sus puentes recortando el horizonte, nos despedimos. Cada uno puso rumbo a su hotel, pero con la sensación de que esa carretera, esos viñedos y esa comida compartida ya formaban parte de nuestra memoria colectiva.

Oporto nos recibió con sus luces reflejadas en el río. Aquí nos quedaremos dos días, dejando que el motor descanse mientras nosotros nos perdemos por la Ribeira.

Oporto: Entre puentes, cuestas y anécdotas surrealistas

Llegamos a Oporto con el sol ya bajo, con esa fatiga placentera que deja una jornada de curvas perfectas. Tras descargar las maletas y liberar a la moto de su carga, nos dejamos llevar por el instinto. La primera parada era obligatoria: la Francesinha. En un pequeño local cerca del hotel, nos enfrentamos a este monumento gastronómico portugués. Es contundente, excesiva y deliciosa; el combustible perfecto para un cuerpo que ha pasado el día sobre el asfalto.

Al día siguiente, Oporto nos despertó temprano. Decidimos aparcar las botas de moto y ponernos las de caminar, aunque nuestra primera perspectiva de la ciudad fue desde el agua. Nos embarcamos en el Crucero de los Seis Puentes. Ver la silueta de la Ribeira y la magnitud del puente de Don Luis I desde el río te da una dimensión distinta de esta ciudad que parece colgar sobre el Duero.

Pero lo bueno empezó al poner un pie en tierra. Oporto es una ciudad que se te mete en las piernas. Decidimos patearla a conciencia, y pronto comprendimos que aquí no existen las líneas rectas ni los descansos. Empezamos nuestra ruta ascendente hacia la Torre de los Clérigos, cuya silueta domina el horizonte. Cada paso hacia arriba nos regalaba una fachada de azulejos azules más impresionante que la anterior.

Pasamos por la Estación de São Bento, donde nos quedamos un rato hipnotizados por sus paneles de azulejos que cuentan la historia de Portugal, y seguimos subiendo hacia la Catedral de la Sé. Las cuestas aquí son verdaderos muros de piedra, calles estrechas que serpentean y te obligan a buscar aire mientras admiras la ropa tendida en los balcones y la decadencia encantadora de sus edificios. Es un ejercicio de resistencia, pero cada monumento, cada mirador que aparece de repente tras una esquina, hace que el esfuerzo valga la pena.

Para recuperar fuerzas, nuestra brújula nos llevó directos al Mercado de Bolhão. Allí, entre el bullicio de los puestos y el aroma a producto fresco, nos rendimos al tapeo. Probamos de todo, perdiendo la cuenta de los sabores pero guardando cada uno en la memoria. Estaba todo exquisito.

La tarde nos devolvió al puerto para disfrutar de un sol espléndido y del ambiente de los puestos callejeros. Fue allí donde el viaje se volvió surrealista. Mientras disfrutaba de una cerveza tranquila, un grupo de chicos vestidos de traje se me acercó con un móvil. Me pidieron, casi por favor, que grabara un mensaje en noruego diciendo que me gustaba un vino de su país. Quién sabe, quizás mi pasado en Nordkapp dejó un rastro invisible que ellos supieron leer.

Pero la guinda del día llegó con el «comercio local». Se me acerca un vendedor de gafas de sol; tras mi negativa, su radar detectó mi acento. — ¿Español? —me dijo con una sonrisa cómplice— ¿Quieres chocolate?. Me reí por no llorar. Parece que la fama nos precede allá donde vamos, aunque el único «chocolate» que me interesaba en ese momento era el de un buen postre portugués.

Rendidos, pero con la cámara llena de fotos y el espíritu lleno de anécdotas, regresamos al hotel. Oporto nos había regalado su cara más amable y su lado más bizarro. Mañana, las botas volverán a pisar las estriberas; nos espera la N-103.

Etapa 3: El rugido de la N-103 y el espejo del cielo en Sanabria

Dejar Oporto atrás es siempre un proceso lento. El despertador marcó el inicio del regreso, pero no un regreso cualquiera. Los primeros kilómetros hacia el norte nos llevaron por carreteras convencionales que atraviesan un Portugal vibrante y, para nuestra sorpresa, densamente poblado. Hasta llegar a Braga, la sensación era la de navegar por una ciudad infinita; una sucesión de núcleos urbanos donde la vida local se agolpaba a pie de asfalto, obligándonos a rodar despacio y a observar el pulso del país luso.

Pero todo cambió al enganchar la N-103.

Si la N-222 es el baile con el río, la N-103 es el desafío con la montaña. A medida que nos alejábamos de la costa, el horizonte se despejó y la carretera se volvió técnica, exigente y solitaria. Es un trazado que parece diseñado para disfrutar de cada inclinación, cruzando la región de Tras-os-Montes con un asfalto que invita a fluir. Volvimos a sentir esa libertad que solo te da la ruta cuando el tráfico desaparece y solo quedáis el asfalto, la moto y el paisaje.

Cruzamos de nuevo la «raya» hacia España, pero antes de dar por terminada la jornada en nuestro destino final, decidimos que el cuerpo aún pedía un último espectáculo. Pasamos de largo nuestro hostal en Galende para ascender hasta la Laguna de los Peces.

Subir allí arriba, a más de 1.700 metros, es como entrar en otra dimensión. El aire se volvió frío y puro, y la vista de la laguna contra el cielo nos dejó sin palabras. «Flipamos» es poco; es uno de esos lugares donde te sientes pequeño y agradecido de tener una moto que te permita llegar hasta ahí.

 

Finalmente, bajamos al valle para refugiarnos en el Hostal Los Chanos el Ruso, en Galende. Tras una ducha rápida y con el cansancio empezando a pesar, solo tuvimos que cruzar la calle para encontrar el paraíso: el Bar El Ruso.

Allí no hay lugar para las medias tintas. Su especialidad es la carne a la brasa y, tras tantos kilómetros, el cuerpo pedía un homenaje. Me enfrenté a una chuleta de 500 gramos que estaba, sencillamente, espectacular. Cenar en un sitio así, con el ambiente auténtico de Sanabria y el sabor de la brasa, es la mejor recompensa para un motero. Con el estómago lleno y la retina cargada de paisajes, nos fuimos a descansar. Mañana el cielo decidirá nuestro destino, pero lo vivido hoy ya no nos lo quita nadie.

Etapa Final: La decisión del capitán y el reencuentro en Toro

Amanecer en Sanabria siempre es un regalo, pero esa mañana el café tenía un regusto a incertidumbre. Con el mapa extendido y las aplicaciones meteorológicas echando humo, miramos hacia el norte. Riaño y los Picos de Europa nos esperaban, pero el cielo se había empeñado en vestir de luto: lluvia persistente, viento y nubes bajas.

En la moto, el frío es un compañero que se puede sobrellevar, pero la lluvia… la lluvia es otra historia. Te roba la vista, te quita el agarre y, sobre todo, te roba el placer de disfrutar del paisaje. Debora y yo nos miramos y no hizo falta decir mucho más. La ruta es para gozarla, no para sufrirla. Con la sensatez que te dan los años de ruta, tomamos la decisión: hoy poníamos rumbo a casa.

Configuré el GPS con un destino claro, Colmenar del Arroyo, pero con nuestra regla de oro innegociable: evitar autovías y autopistas. Si íbamos a volver, lo haríamos disfrutando de la Castilla profunda.

El camino de regreso nos regaló una parada con nombre propio: Toro. Allí nos esperaba mi primo Jandri, dueño del Bar La Bodeguilla de Jandri. Si alguna vez pasáis por Toro, es una parada obligatoria. No solo por el reencuentro familiar, que siempre te recarga las pilas, sino porque es el templo del buen vino y las tapas ricas a precios de los que ya no quedan. Salimos de allí con el corazón contento, recomendando a todo el que nos cruzamos que no dejen de visitar ese rincón con tanta solera.

Retomamos la marcha cruzando de nuevo el río Duero, esta vez por la Reserva Natural de las Riberas de Castronuño-Vega del Duero. Es un tramo donde el río se ensancha y la carretera fluye entre naturaleza viva. Pasamos por Medina del Campo, viendo sus castillos recortarse en el horizonte, y seguimos devorando kilómetros de nacionales solitarias que nos llevaban, paso a paso, de vuelta a nuestra sierra.

Al final, entrar en Colmenar del Arroyo tuvo un sabor agridulce. No llegamos a Cangas de Onís, pero conquistamos la N-222, la N-103, brindamos en Oporto y comimos como reyes en Sanabria. Volvemos con la moto sucia, el alma llena y la certeza de que las montañas seguirán allí cuando el sol decida volver a brillar. Porque al final, el viaje no se mide por dónde terminas, sino por cómo has vivido cada curva del camino.

¿Próximo destino? El mapa ya está sobre la mesa…

  • Ruta: De la Sierra de Gredos y Sierra de Francia hacia el Duero (Portugal) y el Lago de Sanabria.

  • Kilómetros recorridos: 1.354 km de puro disfrute.

  • Las Joyas de la Corona: La N-222 (Ribeira do Douro) y la N-103 (Tras-os-Montes).

  • Acompañante: Debora (la mejor compañera de curvas).

  • Clima: De la primavera radiante en el Duero a la amenaza de temporal en Sanabria.

DESCARGA EL TRACK GPX DEL VIAJE: (Os dejo todas la etapas, incluido la no realizada al final por el mal tiempo)

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